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22 octubre, 2020

Ramoncito Muñoz: un angelito del monte cuya historia hoy sigue conmoviendo

Ramoncito Muñoz, un niño de 3 años que se perdió en los montes felicianeros y murió tras deambular ocho días, es una especie de ángel al que las mamás desesperadas suelen pedir ayuda.

RAMONCITO MUÑOZ. ILUSTRACIÓN: ALDO VERCELLINO

Por Claudia Cagigas


El monte fue su cuna y su cruz; la inocencia y la muerte trágica, los componentes necesarios para que Ramoncito Muñoz se convirtiera en el ángel, o tal vez el santo, al que se invoca por un milagro para un niño. Su tumba pequeña y humilde está ubicada en el cementerio de San José de Feliciano, eternamente cubierta de juguetes, cuadernos y placas de agradecimiento.

Ester Reynoso es mamá de Ramoncito. Tiene el rostro surcado de profundas arrugas por las penurias del tiempo, pero es indudable que en su juventud fue una mujer bonita. La llaman la Gringa y entre una cumbia que resuena estridente por el caserío del humilde barrio cercano al cementerio de Feliciano, ella quiere hablar para contar su verdad.

 El barrio Bernardino Pereyra la vigila, algunos salen como quien no quiere la cosa, otros clavan la vista sin piedad. La tomo suavemente del brazo y, como si nos conociéramos de toda la vida, caminamos unos metros hacia la mitad de la calle de tierra buscando un poco de privacidad. Pero ella no espera, ya en el trayecto comienza a desgranar la historia; no puede parar, no quiere parar, necesita contar para aclarar “muchas cosas que se dijeron y que no son ciertas”.

La historia
“En el tiempo en que Ramoncito se me perdió, yo vivía en el medio del monte con mi marido, Eduardo Muñoz, y mis cuatro hijos, en un rancho de la estancia de Jorge Correa, distrito Chañar. Mi marido se iba a trabajar a las 6 de la mañana a la estancia, que estaba como a cuatro leguas, y yo quedaba solita todo el día con mis hijos. Me levantaba a esa hora a ordeñar las vacas que me prestaba el patrón para poder darles la leche y hacer queso, y como el corral estaba en el medio del monte, dejaba a los nenes encerrados. No se imagina lo feo que era, daba miedo. Estábamos solos, no nos dábamos con nadie ni conocíamos a nadie, nuestros únicos amigos eran los pájaros”, recuerda a la distancia.

Ramoncito Muñoz se perdió al atardecer del 8 de agosto de 1969, tenía 2 años, aunque en pocos días cumpliría 3. “Hacía mucho calor, el padre todavía no había vuelto, ya estaba oscureciendo. Yo bañé a Ramoncito y lo senté afuera en una sillita, mientras bañaba a los hermanitos. Cuando salí ya no estaba. Lo busqué desesperada, encerré a los otros nenes en el rancho y empecé a buscarlo alrededor del piquete donde vivíamos, porque era un piquete grande, había barro, había de todo, yo corría y gritaba hasta que el padre, que venía por ahí, escuchó y llegó corriendo a ver qué pasaba. Le dije que Ramoncito ya no estaba.”

A 51 años de aquel entonces, vuelve a revivir tanto dolor y a pesar de la voz que se quiebra y el ahogo que la invade, lucha para que sus palabras salgan. Entonces sentencia: “¿Sabe por qué pasó? Porque Ramoncito estaba mal enseñado, cuando el papá llegaba lo sacaba a caballo, a trotar un ratito sentado adelante. Yo digo que él salió a buscarlo al padre y se perdió”.

Los vecinos, el patrón, la Policía se sumaron a la búsqueda del pequeño. Pero “esa noche se desató una gran tormenta y llovió tanto que tuvieron que dejar hasta el otro día”.

Ester Reynoso y los tres hijos que le quedaban fueron llevados a Feliciano a la casa de su madre. “La Policía me acusó de matar a Ramoncito, me acosaban preguntándome qué había hecho con el nene y no me creían. Hacían pozos alrededor del rancho, buscaban en los arroyos, en los mogotes. Y había sido que mientras ellos revolvían alrededor, él marchaba y marchaba y se iba cada vez más lejos.

Le pedí al agente que lo busque para el otro lado porque el nene ahí no estaba, les dije que era caminador y así fue: pasó el alambrado del campo donde vivíamos, pasó la calle y caminó varios kilómetros por el campo lindero donde las perras lo encontraron.”

El hallazgo
Habían transcurrido ocho días de la desaparición del niño, las perras amaestradas para el rastreo de personas, traídas desde Santa Fe, dieron con su cuerpo inerte y confirmaron el desenlace cruel que todos sospechaban pero se resistían a aceptar.

“Cuando lo encontraron hacía pocas horas que había fallecido, creo que fue ese mismo día, el de su cumpleaños. El doctor dijo que aguantó mucho, que murió de sed y tal vez de frío. Aunque había charcos formados por la lluvia, él no tomó de esa agua. Las perras lo encontraron por las pisaditas que iban y venían.

Ester estaba en casa con su madre bajo el efecto de calmantes. “Cuando me dijeron que lo habían encontrado y que estaba en el hospital, salí corriendo. Había una larga cola de autos, pero yo corría, corría, la gente me abrazaba, pero yo no quería que nadie me alcance. Cuando llegué al hospital me dijeron ‘ahí está tu hijo, vení, miralo’. Estaba con un pantaloncito corto y desnudito, había sido que perdió toda la ropita por donde andaba. Yo le había puesto una camisita y se la sacó, perdió las zapatillas, estaba descalzo y con los piecitos llenos de espinas”

El dolor arrebataba, se apodera hasta límites impensados y transforma. “Después de eso, yo me enloquecí, no me quise quedar mas allá y me separé de mi marido”.  Con el tiempo Ester formó otra familia y hoy se la rebusca para vivir en su casita del pueblo.
Sabe que la gente pide ayuda a Ramoncito y que su tumba está plagada de obsequios.

Ramoncito Muñoz, el angelito del monte, es hoy el dulce reparo, el consuelo al que muchas almas desesperadas acuden en busca de ayuda.

Nota publicada por primera vez en Revista Algarroba – Mayo de 2007

Autor: Claudia Cagigas. Ilustración: Aldo Vercellino

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