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14 agosto, 2016

Lázaro Blanco, el chasqui milagrero

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Por Claudia Cagigas

La historia del chasqui Lázaro Blanco es una de las tantas leyendas que pueblan la zona de San José de Feliciano; pagos donde se conservan formas de ser y tradiciones rurales.

Un camino de r100_2510ipio, que corre entre campos desmontados y algo de vegetación original, conduce hasta el santuario de Lázaro Blanco; el chasqui aniquilado por un rayo.

El santuario está a 12 kilómetros de San José de Feliciano, en el antiguo camino hacia La Paz. Allí se conserva un  árbol derribado, una cruz y una placa que reza: «Debajo de este añoso árbol cayó fulminado, por un rayo, junto a su caballo, el chasqui Lázaro Blanco, el 7 de septiembre de 1886».

 

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Un par de salas recubiertas con placas, banderas, cintas, rosarios, cartas, velas, flores, entre otros tantos objetos, dan cuenta de las muestras de agradecimiento de las miles de personas que cada año se acercan a pedir favores. También un escenario montado al costado y un quincho para el reparo.

 

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Lázaro Blanco fue un mensajero del siglo XIX, que cumplía con la misión de comunicar pueblos en tiempos en que prácticamente no existían otros medios. Cuenta la historia que una noche tormentosa, el jefe de Policía de Feliciano le encomendó llevar un urgente recado a la comisaría de La Paz. Haciendo honor a su reconocido coraje, Lázaro Blanco aceptó. La lluvia, el viento y los aterradores relámpagos lo acompañaron durante dos leguas, pero justo debajo de un gran algarrobo que había elegido para cobijo, un rayo lo alcanzó. Tres días después una partida policial encontró su cuerpo sin vida y el de su caballo, lo enterró en el lugar y clavó una pequeña cruz con su nombre.

 

La leyenda

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La leyenda de Lázaro Blanco comenzó a rodar tiempo después. Según el Padre Fabián (1), existen dos narraciones que intentan explicarla.

 

La primera de ellas cuenta que en momentos en que una gran sequía azotaba la zona, un criollo que arrendaba un campo para criar sus vacas, debió sacarlas porque las aguadas se secaban. Preocupado por la situación, pasó por delante de la cruz de Lázaro Blanco y, desde lo profundo de su corazón, le hizo una oración: «Lazarito, si me hacés llover te hago un monolito en el cementerio». A la noche cayó un gran aguacero. Agradecido, el hombre cumplió su palabra y, a la par, comenzó la fama del chasqui milagrero.

 

La otra narración refiere que, también preocupado por una gran sequía, un productor soñó con un hombre joven que le aseguró que, si confiaba en él, la producción se salvaría y le pidió que visite su tumba. A la mañana siguiente la lluvia salvó la cosecha de la región. Entonces el productor recordó el extraño sueño, visitó el lugar y, para su asombro, encontró el nombre del personaje del sueño. Como agradecimiento trasladó su cuerpo al cementerio y, sobre su tumba, le hizo un monolito.

 

La fe

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¿Qué es lo que hace que determinadas personas fallecidas cuenten con la devoción popular? La muerte en plena juventud o en circunstancias terribles son dos de estos elementos, pero también la idea de que el que llegó al cielo es solidario con los que están aquí y puede interceder ante Dios.

 

Lázaro Blanco, entre tantos otros «santos» populares, da cuenta de las creencias que el pueblo da a luz, en un reciclaje continuo de su fe.

 

 

 

(1) Padre Fabián. 2005. La religiosidad popular. URL: http://www.padrefabian.com.ar/?p=19

 

 

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