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11 mayo, 2016

Vidas quebradas

Por Claudia Cagigas

El sábado 2 de octubre de 2010 en el programa “El Espejo” abordé el tema “abuso sexual infantil”. Además del testimonio de Silvia, una mujer de 42 años que fue abusada y violada a los cinco, participó la psicóloga Margarita Torres. La historia de Silvia es fuerte, pero lo más alarmante es que en solo dos horas de programa, seis personas se comunicaron para comentar en privado que ellas también fueron abusadas o que algún familiar muy cercano había sido ultrajado. La realidad es más cruda de lo que parece; aquí en Chajarí, los casos de abuso sexual son más numerosos de lo que sospechamos.
Quiero prevenir al lector que esta nota es fuerte, con palabras y referencias que pueden escandalizar a muchos, aunque hay pasajes del programa que fueron omitidos por su extrema crudeza. De todas maneras considero que no fue alterado el espíritu de la entrevista ni se minimizaron los hechos.

Silvia vivía en el campo, era la más chica de varios hermanos y fue abusada a los cinco años por un peón rural de su padre. Juntando la fuerza desperdigada en su ser y a pesar de la congoja, a 37 años de aquel entonces comenzó a hablar: «Nosotros teníamos la libertad de jugar por todos lados y un peón de mi papá empezó a llamarme para regalarme caramelos. El, junto a otros peones, vivía aparte de la casa familiar. En ese lugar había un fogón para calentar agua. Me acuerdo que me llamaba ahí, entornaba la puerta y me regalaba caramelos, hasta que un día me bajó el cierre del pantalón y comenzó a tocarme… Así actuó dos o tres veces y me amenazaba con contarle a mis padres y decirles que yo le había robado los caramelos. Luego me violó…y ahí es como que mi cabeza se cerró y terminó con todo: hasta los diez o doce años no me acordé nada, como si eso nunca hubiese pasado. No salí más del patio de mi casa, de chica fui muy solitaria y jugué sola en un rinconcito con mis muñecas».

Como la mayoría de las víctimas de abuso sexual, Silvia calló, guardó su secreto durante años. «Con mi mamá teníamos mucha diferencia de edad y no había comunicación. En cambio mi papá era una persona muy cariñosa, me acuerdo que llegaba del campo y nos abrazaba, nos contaba cuentos, nos mimaba y creo que todo ese amor fue lo que me ayudó en mi adolescencia», dijo retrocediendo en el tiempo.

Pero el drama de Silvia se agudizó cuando su papá falleció. «Cuando papá murió yo tenía 8 años. Después de su muerte me sentí más sola que nunca, siempre me sentía menos que los demás, inclusive menos que mis hermanos. Nos vinimos a vivir a la ciudad. En la escuela tenía problemas porque parecía la nena tonta venida del campo y no me defendía; en la secundaria fui rebelde, con mi mamá no tenía nada de comunicación».

La soledad, la autoestima baja, el sentirse diferente, la negación del ultraje, eran los gritos del silencio de Silvia. Pero a los 10 o 12 años en su mente comenzaron a aparecer pequeños flashes, recuerdos vagos del ultraje, aunque la negación era tal que ella misma dudaba de que alguna vez hubiese ocurrido. A los 16 años quedó embarazada, y ahí sí los recuerdos se hicieron más fuertes.

Librando una batalla tremenda contra su propia mente y en busca de su verdad, empezó a indagar. «Yo buscaba mi verdad porque me atormentaba el hecho de no saber si los flashes que me venían eran verdaderos. Entonces empecé a preguntarle a mi mamá si una persona de tales características trabajó en mi casa; si yo tenía una vestimenta así –porque me acordaba lo que tenía puesto en ese momento-. Y lo que ella me decía coincidía con lo que yo recordaba».

Cuando Silvia quedó embarazada se sintió la peor de todas. «Estar embarazada a los 16 era lo peor. Estuve seis meses encerrada en mi casa porque tenía vergüenza, en la escuela no me reinscribieron porque iba a ser madre soltera, pasé un embarazo horrible. Estuve muy sola». Al tiempo se casó con el papá de su hijo y a los 17 ya tenía una hija más –los únicos de su vida-.

«Un día de tantos, la familia decidió volver al campo a comer un asado. Cuando vi la casa y me enfrenté a ese lugar, ya no me quedaron dudas, me acordé de todo, se me vino el olor a cenizas –ese que aún no soporto porque me da nauseas-, la situación, los recuerdos y tuve la certeza de que sí había pasado».

Los vericuetos de la mente
Haciendo un paréntesis en la historia de Silvia, preguntamos a la psicóloga Margarita Torres cómo puede una persona borrar un episodio tan dramático durante tantos años de su vida. Para la psicología, «se trata de un estado de disociación que se produce cuando lo vivido es demasiado fuerte como para ser tolerado. Entonces la mente lo tapa para poder continuar».

Si bien la mente genera este mecanismo de defensa, en un determinado momento el episodio vuelve a salir a la luz. «En el caso de Silvia comenzó a aflorar con su desarrollo sexual, cuando probablemente ella comenzó a comprender algo de lo que había pasado».

Yo, la peor de todas
Frente al viejo fogón testigo del horror de la infancia, Silvia encontró la verdad que durante tanto tiempo su mente ocultó. Pero en esa circunstancia tampoco pudo contarlo ni siquiera a su esposo. «Yo ya tenía dos hijos, me dije que tenía que salir adelante por ellos y me aferré al recuerdo de mi papá que me dio tanto cariño. Sentí que mi papá jamás me hubiese fallado y el recuerdo de su amor fue la fuerza más grande que tuve para seguir adelante y criar a mis hijos».

Luego de un matrimonio de 15 años llegó la separación y la peor crisis. «Cuando nuestra relación no estaba bien yo me sentía culpable, sentía que tenia que aguantar por no haber hablado a los cincos años y me preguntaba ¿por qué no hablé, sería porque me gustaba? Me sentía una cualquiera, pensaba que era lo que me merecía y tenía que aceptarlo. Me separé y salí con otros hombres. Mi idea era usarlos, vengarme; sentía mi cuerpo muy sucio y cada vez que tenía una relación sexual revivía todo y no podía sentir nada, era como que mi cuerpo estuviese vacío por dentro, como si no tuviese órganos, era una sensación horrible. En ese tiempo me gané el titulo de PUTA por parte de la gente que no tenía idea de mi vida. Todo eso se iba sumando y yo no podía defenderme… Traté de estudiar dibujo para dibujar la cara –del abusador- y romperla, porque me parecía que así me iba a sacar todo lo que sentía».

En medio de la peor crisis, ninguna de las personas que visitaban el comercio donde ella trabaja hubiera sospechado lo que a Silvia le sucedía, porque se ponía una máscara. En público «siempre me mostraba alegre, me arreglaba, trababa de ayudar a todo el mundo, trataba bien a los clientes, mostraba mi otra cara. Pero llegó un momento en que una de mis hermanas notó que algo andaba mal y me llevó a un psiquiatra que venía a Chajarí con su esposa, que era psicóloga. No sé cómo, pero el logró que yo hable por primera vez y entonces pude sacar todo. En ellos encontré la confianza que necesitaba, la certeza de que me iban a ayudar».

El tratamiento fue largo y Silvia encontró alivio y pudo perdonar, aunque considera que aún le quedan algunas cosas irresueltas. Ahora comprende que lo que pasó «fue culpa de una mente enferma» y no de aquella niña de cinco años, pero le falta aceptar su cuerpo y creer que en el amor de un hombre. «Aún pienso que no lograré tener una pareja, que no existe el hombre que me pueda amar. Hace cinco años salgo con alguien, pero somos como novios, nos vemos solo los fines de semana porque hay cosas que me siguen molestando y hacen que no pueda ser feliz», confesó.

Silvia es valiente, luchadora, una madraza que sobrevivió por el amor a sus hijos y por el recuerdo que el amor de su padre le dejó. «Quiero decirles a quienes hayan pasado por una situación similar que traten de buscar ayuda, que intenten hablar con alguien. Por callar yo estuve muerta en vida», dijo conmovida ante la cantidad de llamados para solidarizarse con su historia y por las mujeres que se animaron a reconocer el ultraje.

Dos días después de la entrevista, escuché su voz en el teléfono que me decía: “Después del programa me liberé, siento que entregué un pesado paquete que llevaba hace años y me siento bien».

Gracias Silvia, que tu valentía siga animando a otras tantas personas a enfrentar su historia, para comenzar a encontrar alivio.

Para tener en cuenta
Como padres debemos estar alertas porque niñas y niños pueden ser víctimas de abusos sexuales. Estos fueron algunos puntos resaltados por la psicóloga Margarita Torres:
–         Abuso sexual infantil es cualquier forma de contacto sexual entre un adulto y un menor. Puede ser un abuso sin contacto físico, como sacar fotos a chicos desnudos o semidesnudos; masturbarse delante de un niño o inducirlo a mantener prácticas sexuales con otros niños; mantener conversaciones de tono sexual, entre otros tantos ejemplos. Abuso con contacto físico incluye manoseos, masturbar al niño, obligarlo a que masturbe a un adulto e inclusive llegar a la violación. Ambos tipos de abusos son extremadamente dañinos.
–         Para la víctima de abuso sexual o violación es muy difícil hablar porque genera culpa, miedo, vergüenza, temor al qué dirán.
–         Cuando el niño habla, no esperemos que diga “me violaron, abusaron de mí o esa persona se masturbó” sino que utilizará palabras acordes a su edad: “me acarició, me tocó, me hizo reír, me dio besos, me hizo regalos… No esperemos una explicación tan clara sino frasecitas o algunas palabras como para que un observador atento indague».
–         Por lo general el abusador es un contacto cercano al niño, una persona que va manipulando su confianza y que luego de cometido el abuso genera miedo. «Cuando es un abuelo, un vecino, un primo el niño teme mucho la repercusión, porque el abusador tal vez está sentado a la mesa, es amigo de papá, de mamá, entonces genera mucha culpa. El niño está totalmente impotente».
–         Un niño abusado presenta cambios a nivel orgánico y psicológico. A nivel orgánico puede aparecer trastornos en la alimentación; enuresis (cuando deja de controlar esfínteres);  rasguños, golpes, moretones. A nivel psicológico pueden aparecer cambios en el humor, miedo generalizado, berrinches, enojos por todo, llanto desmesurado, entre otros tantos.

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