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21 septiembre, 2017

“La pobre, es maestra…”

Estela Etchevarne, Roxana Baloni e Isabel Galarza y Herrera son docentes de Chajarí. Juntas reflexionaron sobre los cambios operados en el tiempo en cuanto a educación se refiere.

 

ESTELA ETCHEVARNE. Docente, investigadora.

 

Por Claudia Cagigas

¿Cuándo comenzó el cambio en la percepción del docente? ¿En qué momento la maestra dejó de ser la “segunda mamá”? ¿Dónde nos distanciamos de aquella imagen amorosa?… Isabel Galarza y Herrera, Estela Etchevarne y Roxana Baloni son docentes de Chajarí. Invitadas al programa EL ESPEJO (sábados por Radio Show Chajarí), deslizaron ideas interesantísimas para repensar lo que nos está pasando en la educación.  “La pobre es maestra”, es una frase fuerte que hace unos años fue usada para presentar a Estela en un encuentro casual. El impacto que causó en ella fue tal, que sirvió como disparador para plantearse las preguntas iniciales y llegar a la conclusión que “fuimos perdiendo el encuentro”, que “hubo un quiebre, un descuido” pero que estamos a tiempo de modificarlo.

 

Aquella maestra de campo

Isabel Galarza y Herrera fue docente de campo. Una de las primeras escuelas donde se desempeñó fue la N° 33 “Paula Albarracín” -Colonia Santa Eloísa-.

 

Por aquellos años esta escuela solo tenía “un aula, una cocina, una habitación y galería”. Cuando Isabel se hizo cargo el lugar estaba destruido, por lo que tuvo que poner alma, corazón y vida para atender al mismo tiempo, en una misma aula, a 44 alumnos de primero a séptimo grado –incluida una alumna con Síndrome de Down-. Como herramienta de trabajo sólo tenía un pizarrón de un metro por dos, fichas que ella misma preparaba y su ingenio para motivarlos con trabajos prácticos y de investigación.

 

ISABEL GALARZA Y HERRERA. Docente con muchos años de trabajo en el campo.

 

“Eran chicos buenos, respetuosos, se trabajaba en un clima de orden, respeto y disciplina. Hacían el trabajo que les daba y nadie se traumaba por el orden. No tenían recreos cada 40 minutos porque sino estábamos saliendo y entrando permanentemente. Entonces hacíamos un recreo largo donde jugaban hasta sacarse las ganas y luego volvíamos a clase”, recordó Isabel.

 

Por su parte, Estela Etchevarne subrayó la importancia de la creatividad que debe aplicar el docente, a partir del análisis de la situación del grupo. “En mis comienzos como maestra primaria, también tenía un grupo numeroso y chicos con distintas características. Entonces me ingeniaba para organizarlos sin que se note demasiado, viendo quienes estaban más adelantados y a quienes les costaba un poco más. Entonces tenía organizadas actividades diferentes sin que se note, de acuerdo a las realidades que teníamos que atender”.

 

DURANTE EL PROGRAMA EL ESPEJO. Sábados de 9 a 12,30 por Radio Show Chajarí.

 

El lugar que ocupa el docente hoy

Duele reconocerlo pero el lugar que ocupaba el docente se fue corriendo. “No sé qué pasó, no sé por qué todo se hizo más difícil”, reconoció Estela, al tiempo que recordó el día que alguien la presentó diciendo “la pobre es maestra”. Lejos de victimizarse, la frase la hizo reflexionar, buscar respuestas. Fue el balde de agua fría que la enfrentó con la realidad de que las cosas habían cambiado…

 

“¿Es culpa nuestra, culpa de los otros, de la urgencia? Habría que verlo. Pero creo que tal vez todos tenemos un poquito que revisar en nuestras actitudes. Cuando comencé con la carrera de investigación, puse en práctica con grupos de estudiantes de Formación Docente una estrategia para ver desde dónde podíamos reformular o cambiar la situación que estábamos viviendo. Les pedí que escribiesen en una tarjeta un recuerdo de la escuela y que del otro lado hagan un gráfico.  En el 99% de los casos el recuerdo estaba en etapas de la primaria y el dibujo se volvía infantil aunque era hecho por adultos. El hecho que se recordaba tenía que ver con algo emocional, el buen o mal momento que pasaron. Nadie hablaba del curso del río o de la semilla, lo conceptual quedaba de lado. Entonces me dije ‘fuimos perdiendo el encuentro’. Es una cuestión que se fue dando desde lo humano, hubo un quiebre, un descuido y creo que podemos rescatarlo y modificarlo”, comentó.

 

El guardapolvo de la maestra

Siguiendo con el impacto en lo emocional que tiene la escuela, la docente aportó el resultado de otra investigación. “En una oportunidad hice un trabajo sobre el guardapolvo de la maestra, sucio a la altura de la cintura”.

 

Es que a esa altura llegaban los abrazos de los chicos con sus caritas transpiradas durante el recreo, las manitos sucias por el juego y a esa altura también estaba el bolsillo que atesoraba todo. “En el bolsillo de la maestra se guardaba un chupetín, una gomita perdida, bolitas… la maestra era depositaria de esos tesoros”, agregó Estela.

 

La violencia en la escuela

¿Por qué todo cambió? ¿Qué pasó en el camino?  “Creo que la violencia está instalada en la sociedad, atraviesa todo, también la educación. El bullying siempre existió, pero antes quizás era violencia verbal y ahora se transfirió a violencia física entre ellos. Nosotros, como docentes, al ver esa violencia no tenemos que naturalizarla”, sostuvo Roxana Baloni, al mismo tiempo que aclaró que no todos los chicos son violentos.

 

ROXANA BALONI. Marcó la necesidad de límites que tienen los chicos.

 

Chicos que ya no juegan

Desde su rol de Profesora de Nivel Inicial, Roxana contó que desde hace más o menos una década advierte un cambio muy notorio en la conducta y en la expresión corporal de los niños. “Tenemos niños muy quietos, muy aislados. El juego es donde se descarga las necesidades, las angustias, los berrinches; en el juego se dramatiza, se desarrolla la creatividad y aparece la corporeidad que es fundamental. Un chico no debería estar un promedio de seis horas o más, solo, frente al televisor porque no puede discernir si lo que está mirando está bien o mal. Además, la mayoría de lo que mira son imágenes muy rápidas, muy ruidosas porque sino no se prende, no se motiva…”.

 

En este contexto, los niños de cuatro años “vienen con una pequeña o corta escucha y breve atención. Con los colegas que he charlado del tema coincidimos en que está todo tan acelerado que el chico no descarga en el juego. Son chicos que están muy quietos en su casa, son generaciones nacidos con las nuevas tecnologías. Y por ahí las madres les encienden la televisión para poder hacer algo, a veces sin fijarse en qué canal. Para estos chicos la tablet es una extensión de su mano y la reciben como regalo de cumpleaños a los cuatro, cinco o seis años… No vamos a generalizar pero suele ser así”, sostuvo.

 

Así las cosas, no es de extrañar que los chicos quieren todo ya. “¿Y cómo se combate esto? Con límites”, agregó. “Cuando ingresan al jardín a los cuatro años, uno advierte la falta de límites. Y hay que acomodar las normas grupales porque sino es imposible conversar o trabajar”.

 

 ¿Qué hacer?

Para las tres docentes la clave está en el equilibrio, en los límites saludables, en el respeto mutuo y en la necesidad de reencontrarnos todos para reconstruir la confianza rota.

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