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27 noviembre, 2018

“Yo me iba a los bares de colonia porque ahí se juega mucho dinero”

 

Gustavo fue adicto al juego durante muchos años. Comenzó desde muy chico, fue perdiendo el control de su vida y destruyendo los lazos familiares. Se recuperó en El Arte de Volver.

 

GUSTAVO Y SU ESPOSA FABIANA TRAS LA RECUPERACIÓN.

 

Por Claudia Cagigas

Gustavo tiene 42 años. Hace pocos días obtuvo el alta terapéutico tras rehabilitarse de su adicción al juego, sin embargo, sabe que como sucede con cualquier adicción, deberá librar batalla toda la vida para no recaer. Las herramientas las tiene: pudo cambiar su forma de ser, resolver gran parte de sus conflictos, cambiar la manera de relacionarse con sus seres queridos e iniciar una nueva vida en la que, según el mismo dice, “hoy se mira al espejo y se agrada”.

 

Invitado en el programa EL ESPEJO (Radio Show Chajarí), contó: “Empecé de chiquito con el juego, en mi familia siempre se tuvo bar y siempre estuve en contacto con juegos de azar, de naipes. Fui creciendo, formé mi familia siendo ese Gustavo enfermo, porque si bien para mi era normal, con el paso de los años todo se fue descontrolando y los vínculos con mis hijos, mi mujer, con los más cercanos, se fueron deteriorando”.

 

No solo se juega en casinos y salas de juego…

“Yo me iba a los bares de colonia a jugar. Ahí se juega mucho dinero pero no es algo que se conozca. Con esto no quiero acusar a nadie sino contar lo que a mí me pasó. Al casino he ido y jugado pocas veces”, manifestó Gustavo. “Yo no tenía límites, era capaz de pasar 40 horas jugando sin parar. Por ahí me quedaba sin dinero y terminaba pidiendo o a veces había gente que tenía una calidad de vida superior a la mía y terminaba pidiéndome dinero a mí. Eso me generaba adrenalina, me hacía sentir poderoso y me iba hundiendo cada vez más”.

 

El adicto tapa sus problemas con el consumo incontrolable de algo. Ese algo puede ser palpable, como los alimentos, el alcohol, las drogas o  intangible como el juego. “Yo tenía problemas y no tenía forma de enfrentarlos. Estaba hundido en el juego y lo único que me importaba era que lleguen las 17 horas para poner una excusa e irme, sentía desesperación. Me sentaba en una mesa en el bar a ver quién entraba para jugar y cada vez iba aumentado la apuesta. Además consumía alcohol. No tenía límites”, contó.

 

Gustavo tenía trabajo pero todo lo que generaba iba a parar al juego. La casa la llevaba adelante su esposa Fabiana, al igual que la crianza de sus hijos. La vida de Fabiana era un calvario ya que no sólo no contaba con su esposo sino también porque solían desatarse situaciones de suma violencia por los reclamos de ella y por la reacción de él. La situación era insostenible…

 

La recuperación

 

GUSTAVO Y FABIANA. Tras someterse a un tratamiento en familia, Gustavo obtuvo las herramientas para luchar contra su enfermedad y recomponer los vínculos con sus seres queridos.

 

Gustavo ingresó a El Arte de Volver a los 38 años, en octubre de 2015. Fueron años de duro tratamiento que llevó adelante acompañado de Fabiana, pero valió la pena. “En mi casa volví a tener un vínculo luego de recuperarme, ahora puedo sentarme a tomar mate con mi esposa cuando salgo del trabajo, cosa que antes no hacía porque me iba directo al bar”.

 

Cecilia Laderach, una de las psicólogas que acompañó a la familia en la recuperación, agregó: “En la historia de Gustavo, Delfina (12), su hija fue muy importante y el puntapié para que pueda ingresar al Centro… Ellos como familia pudieron reconocer el problema que estaban atravesando. Delfina se estaba enfermando al ver esta situación con su papá y ahí apareció el Gustavo papá para, a su vez, cambiar y generarle una vida más sana”.

 

“Delfina es una nena sana, pero a los 9 años comenzó con dolores de cabeza muy fuertes. Le hicimos estudios en todos lados para ver qué tenía. No había nada. Fuimos a un psicólogo, nos entrevistó, entrevistó a Delfina y nos mandó como familia al Arte de Volver”, agregó Gustavo .

 

“Por ahí lo más fácil es dejar el juego, pero cambiar como persona es muy difícil… Yo lloraba cada vez que iba y durante un tiempo amenacé con no volver nunca más. Cambiar el semblante me llevó dos años y pico. Me dieron el alta hace unos días, sé que voy a tener que lucharla de por vida, pero en este lugar conseguí las herramientas para seguir viviendo”, concluyó Gustavo.

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