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11 mayo, 2016

Tapitas y jirafas

Por Gabi Cardozo
La luz que marcaba un círculo de mediamañana en el suelo me impactó apenas abrimos la puerta crujiente. El agujero en el techo era enorme, iluminaba lo que sería el comedor, la otra pieza estaba oscura,  y en cambio tenía piso de ladrillos frescos, no se vio nada hasta abrir dos ventanucas de madera  con una armazón para colocar vidrio, aparentemente nunca lo habían llevado. Ya tenía, como único habitante, una cocina de leña curtida y negrísima, no solo por el color sino por los años de grasa acumulada, tenía la puertita para los leños suspendida por una sola bisagra y parecía sostenida por  espesas telarañas.

Papá  estaba desde hacía varios días, ya había puesto en marcha el almacén y dormía allí mismo, de modo que la parte para vivienda tenía que ser organizada por nosotros desde ese momento. No fue fácil darle aspecto de casa a ese rancho, pero mi mamá le dio una dignidad que provocaba envidia  a las vecinas de las chacras cercanas. Techar de nuevo el comedor llevó su tiempo, entre días de lluvia, la paja que no secaba y después, el piso. Más tarde trajeron los vidrios para las ventanas, perfectamente a medida. No teníamos luz eléctrica, así que encender el “sol de noche” para la cocina y para el almacén se hizo una rutina a las siete de la tarde en verano y a las seis en invierno.  La única parte de material y cómoda –lujosa diría yo- era el baño, situado a dos pasos afuera de la galería, con un impecable y permanente olor a lavandina. Tenía arriba un tanquecito con una manguera, lo que creaba toda la ilusión de agua corriente, aunque si seguíamos el trayecto de la manguera llegaba hasta la bomba manual. Nunca se suscitaban tantas peleas a la hora de buscar  el deseado líquido: había que hacer varias veces el movimiento hasta que por la boca ancha escupiera, entre toses primero, el agua que caía en una batea de cemento.

Tuvimos enseguida mil juegos, le pusimos nombres a los árboles y elegimos el que sería el propio para cada una, colgamos hamacas, armamos casitas arriba de ellos. Pero lo que más nos encantaba era entrar al almacén a la hora de la siesta, cuando papá dormía. A él no le gustaba que estemos cuando había clientes, y a nosotros nos apasionaba jugar al negocio, nos turnábamos para ser “cliente” y “vendedor” y revisábamos todos los productos, las latitas de conserva y de sardina, las botellas, las abultadas bolsas de arpillera con papas y cebollas, la enorme caja registradora y la balanza. Pero nada constituía mayor atracción que las chapitas de coca-cola. En el almacén se la vendía, pero nuestra pobreza nos impedía consumirla, así que juntábamos las tapitas y las olíamos: indescriptible el placer de ese perfume inalcanzable, lo saboreábamos, nos deleitábamos y se nos hacía agua la boca. A veces le insinuábamos a mamá lo lindo que sería probar una, pero ella, inamovible en sus convicciones, nos decía que “había lujos que no eran necesarios”.

Cada quince días llegaba el distribuidor con la mercadería del pueblo, papá se abastecía, y mamá ese día se dedicaba a ordenar la estantería, mientras papá se sentaba en la galería con el hombre a disfrutar de un vermut. Esta vez le dejó unas novedades: unos fideos de una nueva marca, galletitas de animalitos y unos chicles con forma de cinta  aplanados de unos veinte centímetros llamados “Jirafa”, ya que el envoltorio colorido tenía la imagen del  largo cuello de este bicho. Mamá lo dejó bien visible en el estante y nosotras lo mirábamos de reojo, esperando la hora de la siesta.

No pudimos resistir el olor dulzón del chicle, no nos conformaba simplemente aspirarlo. Tuvimos que esperar varios días, hasta que se fueron vendiendo algunos y la caja no tenía el orden perfecto. Esa siesta ni siquiera lo planificamos. Fuimos directo al chicle jirafa y nos robamos uno. Después nos subimos a la casita del árbol e hicimos la distribución: partes iguales para cada una y divididas además en porciones más pequeñas, una para cada día. ¡Qué placer…!, no sé  si por el sabor o  por el gustito de la transgresión. Burlar a papá fue fácil y a mamá también, solo que no masticábamos en forma evidente. Una mañana nos quedamos en nuestras camas haciendo fiaca y mi hermana ya se había puesto a masticar su ración diaria del “jirafa”. De la cocina entró mamá con una fuente de buñuelos recién hechos para  que los probemos. En el apuro mi hermana lo escondió en la ventana en el borde del vidrio que hacía poco habían colocado.

Ni nos acordamos durante el día, los juegos diversos nos mantenían ocupadas. A la tardecita empezó a soplar un raro viento,  y unas nubes amenazantes se movían desde el este. Papá se cruzó del almacén dispuesto a cerrar la casa y prender el sol de noche.
-Mirá, Negra, que desprolijo el que colocó el vidrio, dejó la masilla  fresca pegada y no la limpió.
Mi hermana se quedó roja e intercambiamos miradas para ver si nos declarábamos culpables. Papá seguía intentando despegar de su mano la extraña masilla color ¡naranja! , la olió y sin decir nada, (nosotras, mudas) siguió:
-A ver gurisas, si colaboran y empiezan ayudar a su madre en la limpieza. Como premio, ya les doy de antemano un regalito, que hace varios días observo que le andan echando el ojo.- Y sacó del bolsillo de su bombacha de campo …¡un chicle “jirafa”! – Eso sí. Lo van a tener que compartir, así que lo dividen en partes iguales,  y no se me pelean.

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