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12 mayo, 2016

Sobrevivir en el infierno… ¿e intentar reír?

Por Claudia Cagigas
Los mecanismos que tiene el ser humano son increíbles, más cuando de supervivencia de trata. Uno no los conoce hasta que llega al límite y debe sacarlos de algún lugar para poder seguir adelante. En todo esto pensaba el sábado, cuando Olga Brambilla, la Señorita Olga, visitó El Espejo para contarnos su historia. Ya escribimos sobre ella hace poco, cuando se cumplieron los 40 años del golpe militar. Sin embargo, por esas cosas de la vida Olga está de visita en Chajarí (vive en Montreal, Canadá), por lo que aprovechamos para conocerla tal cual está hoy. Se la ve muy bien, a pesar de haber transitado el infierno. Habla con tranquilidad, sin rencor.“El ser humano tiene fuerzas que no sabemos, que no conocemos; fuerzas de las que se agarra nuestro cuerpo y nuestra mente para sobrevivir”, dijo refiriéndose a los meses que permaneció en la cárcel, detenida en marzo de 1976, por algo que nunca tuvo en claro. En los años de la dictadura “no había una lógica, no sabías por qué estabas detenida ni por cuanto tiempo. En la cárcel esperábamos, sabíamos que cuando sonaba el timbre se iban a llevar a alguien para torturar. Me acuerdo que el timbre sonaba por toda la cárcel y nosotras nos quedábamos ahí, sentadas en la cama hasta que la celadora venía desde allá delante,… tomaba un tiempo… y decía: ‘fulanita prepárense que la vienen a buscar’ y la fulanita se tenía que ir como estaba. Después la veíamos cuando volvía, a veces la torturaba una semana… En las torturas pedían nombres; a veces preguntaban cosas que ellos sabían, cosas que eran públicas y sino torturaban sin preguntar. Por ahí torturaban dos horas y las dejaban estaqueadas en camas metálicas, porque así las ponían y les daban electricidad por todo el cuerpo”.

A pesar de esto, cuenta que en ocasiones ella y sus compañeras hacían peñas en la cárcel. “Cantábamos, hacíamos desfiles de modelos con sábanas -porque no teníamos otra cosa-. De noche entraba luz de la calle y ese camino de luz era la pasarela. También nos hacíamos rulos con tiritas de sábanas y salíamos al patio, porque nos dejaban salir una hora al día -cuando no te daban una pena y te quitaban el recreo-. Teníamos una compañera que contaba películas y a la noche nos ponías todas a la vuelta de su cama para escucharla “, relató.

Olga no se reconoce valiente. Por el contrario, insiste: “Cuando vos te enfrentás a las cosas algo tenés que hacer, no podés quedarte sentada”. Y precisamente eso fue lo que hizo durante los largos meses que estuvo detenida en Paraná, hasta que un día, sin ninguna lógica como tampoco la había tenido su detención, le dijeron: “Prepárase y váyase, llegó su libertad”.

Y ella se fue… retornó a su casa, luego se fue del país a reencontrarse con su esposo que estaba exiliado y con el correr de los años ambos se radicaron en Canadá.

¿Si pensó volver a vivir a Argentina alguna vez? Sí, lo pensó. Pero una vez que se echan raíces la cuestión ya no es tan sencilla. Llegan los hijos, los nietos; nuevos afectos que compensan el vacío.

Hoy, junto a su esposo, la Señorita Olga se conforma con retornar cada tanto a su ciudad natal para reencontrar con los seres queridos que quedaron aquí. En su mente siguen rondando los recuerdos, pero a pesar de todo y de las lágrimas, puede hablar para legarnos su testimonio. Gracias Olga!

 

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