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17 marzo, 2017

Ni tiempo, ni destino (cuento)

 

 

Por Cecilia Capovilla

Es por un destino que nos ubico en tiempos que no son los mismos, le dijo ella a él, mientras lo abrazaba en una despedida que era demasiado larga. El, por su parte no quería aceptar lo que inevitablemente venía. Una separación que debía aceptar para siempre y los ubicaba en lugares totalmente diferentes.

 

No hay destino que no pueda ser cambiado, le dijo él, y ella con una sonrisa que respondía no dudo en decirle: siempre que lo quieras cambiar, siempre que quieras modificarlo. No hay nada trazado, le seguía diciendo él. Desesperado para detenerla, desesperado para retenerla a su lado, un segundo más, un minuto más. La quería con él. No podía aceptar que tan simple, así un día se fuera, lo dejara. A él que tanto la amaba, a él que tanto daba por ella, a él que a su lado había conocido el amor, a él que sin ella el mundo se derrumbaba.

 

Entonces comenzó la súplica, mientras el corazón se le desgarraba. Y ella que seguía apretándolo con su abrazo, movía de lado a lado la cabeza diciendo: no insitas, nada cambiará, es una decisión tomada. Me voy. Te dejo.

 

Al escuchar esas palabras en boca de ella la sensación de abandono lo inundó por completo, todo su cuerpo comenzó a sentir la ausencia anunciada de ese amor que ya no estaría más a su lado, esa boca que tanto había besado, esas manos que tanto había tomado se estaban despidiendo para siempre. Entonces él le rogó que no se marche, no podía separase, no podría vivir sin ella;  no estaba dispuesto a perderla, a olvidarla, tan solo a olvidarla. Ella, con total despojo, segura de sí misma, entera y convencida, volvió a repetir las mismas palabras: no insitas, nada cambiará, es una decisión tomada. Me voy. Te dejo.

 

Soltándolo, aparándose de él vio como los ojos se le llenaban de lágrimas y comenzaban a recorrer su rostro. Ella tenía rumbo, una vida la esperaba. Estaba segura que era lo correcto. La misma escena se había repetido muchas veces, no se acordaba cuantas, pensó. Pero esta era la última, se prometió.

 

Y haciéndole caso a su corazón y a su razón por primera vez unidas, se fue cerrando la puerta y dejando solo a un hombre abatido que no entendía ni quería saber las razones que expliquen lo que no tenía explicación.

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