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11 mayo, 2016

Los niños rubios de La Tablada

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Por Aldo Vercellino

Por la 1º de Mayo, a media cuadra de la San Martín yendo para la Belgrano, hay una casa con dos niños rubios.

En todos lados hay una casa con dos niños rubios, pero esta en particular me llama la atención. No la casa, sino los niños.

Saliendo desde la casa de mis padres, más de una vez, al doblar, los encuentro. Siempre al doblar los encuentro. Y, con sus variantes, la escena es similar.

Está lo de Smitarello (Lomitarelo), los de al lado que no sé quiénes son, otros más que ignoro, ocupado en no tropezar en los cambios de altura (que en esa cuadra se producen por metro) y, al subir a la vereda lisa, aparecen los dos niños rubios. Qué digo rubios: rubísimos, parecen lampiños, pero son rubios. Deben tener cinco y seis años, él y ella.

El niño viene agachadito en triciclo, medio que me choca, Cuidado, el señor, dice alguien y la niña corre aleatoriamente con creo que una muñeca en la mano. Creo, son demasiados estímulos juntos en pocos segundos. Esquivo, le toco la cabeza al niño que me pregunta por la guitarra (me confunde con mi hermano), sonrío como un anciano y hago como que toco la bocina (Pi píp) y sigo viaje. La gritería queda atrás, los niños rubísimos de cinco y seis años jugando.

Podría ser una escena tierna o intrascendente, pero no lo es. Es macabra.

No en sí misma ni ameritado por la intrascendencia de los detalles, sino porque sucede de igual modo desde hace por lo menos treinta años. Durante los más o menos treinta años los niños rubísimos y amables han tenido cinco y seis años.
Fui y vine por el mundo y, cada vez que pasaba y paso por la vereda de la media cuadra de la 1ª de Mayo, los niños están ahí, iguales, con los mismos nombres, rubios como ángeles rubios, haciendo lo mismo.

Quise suponer que ahí se detenía el tiempo, pero no, ya que lo que era Cuidado, el chico o Cuidado, el muchacho, en boca de la madre -que nunca vi- devino en Cuidado, el señor y no quiero imaginar en qué se transforme dentro de un tiempo, de persistir la escena.

Deseoso de que me dijeran que estoy loco, consulté con gente del vecindario. No descartaron la posibilidad de que lo estuviera, pero tampoco desmintieron la inocultable verdad de que los niños, efectivamente, siempre, desde que tienen memoria, tuvieron cinco y seis años y siempre fueron rubios, pero no quisieron hablar más del asunto, a pesar de la insistencia. Unos bajaron la mirada, otros alegaron ocupaciones repentinas y los que dijeron que sí, lo hicieron en baja voz como para que nadie oyera.

Desde entonces transito, si es necesario, la avenida solamente por la calle; cuanto más lejos de la vereda, mejor. Conocí así el carácter polvoriento de la avenida asfaltada que se nutre de la tierra de las colectoras perpendiculares y conocí, ya acostumbrado a desplazarme no sino por el medio de toda calle, múltiples familias en distintos barrios que lo hacían de igual modo en toda la periferia chajariense, lo cual me llevó a deducir que hay un par de niños eternos rubios en cada distrito barrial.

La costumbre me hizo hábil para esquivar autos y soportar bocinazos decorados con puteadas, pero ni Cristo me hará montarme a esa veredita de la 1º de Mayo entre San Martín y Bolívar, a la que ni miro cuando paso.

No la miro, pero escucho una vocecita que me dice, amorosa, como burlona: ¿…Y la guitarra?, y rezo.

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