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14 febrero, 2017

La Argentina Intolerante

duelo a garrotazos

 

Por María Daniela Zanandrea

Nuestro Imaginario colectivo tiene constantes que nos acompañan a través del tiempo y son difíciles de superar. La ANOMIA es un rasgo, la ausencia de normas o el desconocimiento, la transgresión, la conocida viveza criolla. Otra constante es la ANTINOMIA, una lógica binaria, de pares antagónicos,  de posiciones ideológicas pensadas para desacreditar al adversario, el relato de  unitarios/federales, fachos/zurdos, radicales/peronistas, populistas/progresistas son parte de nuestra memoria social; y ambas tienen como base la INTOLERANCIA, una forma de omnipotencia que expresa un sentimiento que tiende a invalidar todo lo que es contrario o distinto o lo que el intolerante es, cree o siente. Es el odio al diferente.

 

En la vida colectiva la intolerancia se destaca en el orden político y religioso, pero la religión se funda en términos absolutos mientras que la política es un juego donde se necesitan por lo menos dos para jugar. Por un lado están las convicciones de quien está seguro que sus ideas son lo mejor para  la sociedad, pero debe admitir la existencia de otras ideas y formas de transformarla., ambas deben convivir y aceptar que una se imponga eventualmente mediante el ejercicio del poder. Eso es el fundamento de la democracia, el pluralismo, el respeto por el otro -que es adversario, no enemigo-.

 

Toda disputa por el poder hace subir a la superficie de la vida pública resabios de intolerancia que involucra a toda la ciudadanía y atenta contra la convivencia, contra el normal desarrollo de la vida republicana y contra las normas constitucionales que hacen a la democracia un sistema político y  una forma de vida.

 

La intolerancia es una constante en la cultura argentina. Censuras, prohibiciones, aprietes, discriminaciones, aparecen como un componente central en nuestro pasado, son signos de autoritarismo y de un pasado ideologizado, que en vez de sanar heridas en su trabajo autocrítico, lo utiliza como arma del fanatismo.

 

La intolerancia  persiste sorteando el tiempo y las circunstancias, es común a los extremos de la derecha y la izquierda, y tiene una genealogía que se remonta al pasado lejano: aniquilación del indio, odio al cabecita negra, al gringo, al extranjero. Xenofobia, racismo, antisemitismo, machismo, homofobia han cristalizado en el imaginario social argentino y aunque hoy presumamos una integración, persiste y se potencia de renovadas formas. Persiste en la educación homogeneizadora, justificada por paradigmas científicos, en la literatura una y otra vez censurada, en los géneros musicales –tango, jazz, folklore, y rock- presa de la intolerancia y la condena por su contenido moral o por su procedencia extranjerizante.

Persiste en las revisiones historiográficas teñidas de prejuicios que segregan.

 

En nuestra sociedad, la intolerancia circula en el lenguaje, en las costumbres y en algunas instituciones; de los hechos se transforma en palabras, con nuevas y viejas expresiones descalificadoras. La incapacidad argentina de reconstruir un pasado coherente, memorioso e integrador, nos impide construir una democracia que no anule las diferencias, que acepte varios caminos y modos de hacer política, que supere el fanatismo y la violencia.  Hoy el desafío es aprender a marcar los límites entre la intolerancia y la postura crítica, la discrepancia y la respuesta razonada y ética, que contribuya a crear una cultura realmente democrática. (Inspirada en investigaciones de Todo es Historia N° 262-1989)

 

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