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11 diciembre, 2016

El Síndrome de fin de año: un mal anual

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Por Marisa Domínguez

El calendario marca la entrada del décimo segundo mes de año y con ello la finalización del mismo. Diciembre, una vez más, está en nuestras vidas y para los amantes de los colores, la decoración, la iluminación, las novedades, los juegos, los regalos, el aguinaldo, las visitas y la ilusión propia que este mes desde la infancia nos marcó; ésta suele ser la mejor etapa del año.

 

Sin embargo, con la entrada del último mes aparecen los desgastes que dan como resultado lo que los especialistas han denominado como el fenómeno del Síndrome de fin año y tiene su origen en el inevitable balance que se realiza de los logros alcanzados o no, durante los últimos doce meses.

 

Estadísticas que se desprenden de estudios de campo realizados en los últimos años sobre la población, destacan que más del 80% de los argentinos sufre de este síndrome, manifestando un alto nivel de agotamiento mental y físico, estrés que se eleva, descomposturas como náuseas, hinchazones y mareos, insomnios o somnolencias prolongadas, comezones en la piel, estados de angustia psíquica y en el último tiempo se han incorporado los ataques de pánico.

 

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Este mal anual se desprende de los conocidos balances de cierre de año, donde uno pone sobre la mesa de la vida todo aquello que planificó y no concretó, todo aquello que quedó por hacer y le hubiera gustado que ya se hubiera hecho. Estas frustraciones despiertan niveles de tolerancia reducidos, fastidiados prolongados, peleas o enfrentamientos frecuentes, ansiedad permanente y fuerte desgaste físico, que a esta altura del año no suele ser para nada aconsejable en el metabolismo humano.

 

Ante estos estados, la pregunta es: ¿Qué nos lleva a contraer el síndrome de fin de año?

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Son muchas las explicaciones. Al igual que un vaso que comienza a llenarse por gotitas, es muy probable que con el paso de los meses ese vaso por más grande que sea, algún día rebalse.  Lo mismo sucede con los seres humanos, que allá por enero y febrero nos tomamos un descanso, paramos el motor del organismo y ya sea en hermosas playas o en el patio de nuestras casas le damos cita al descanso. Pero tal vez, el estrés que conlleva organizar las vacaciones o el desacelere mismo, comienza a llenar ese vaso que en la metáfora citábamos.

 

Luego arrancamos marzo y con él seguramente iniciamos el año formalmente, volviendo al trabajo intenso, comenzando las actividades físicas, iniciando el ciclo lectivo de los más chicos y reinsertándonos en una carrera que finalizará en diciembre.

 

A partir de allí vivimos meses de problemas, aventuras, desafíos, metas, ambigüedades, pruebas, obstáculos, hasta que al fin llega el último mes del año. Pero lejos de relajarnos habrá que comenzar a pensar en la ropa para los hijos, los juguetes, los regalos, la cena navideña, la cena de fin de año, el dinero que no alcanza, la familia que nos visita o que debemos visitar, el cierre del año lectivo de los niños, las despedidas de año, el árbol de navidad, las compras relacionadas a la fecha, las tarjetas de salutaciones, las vacaciones que vendrán, el cierre de año laboral, las suplencias que habrá que cubrir, la casa… y de repente ¡pum! Nuestra cabeza estalla. Es a ese momento preciso, al que los especialistas han denominado el Síndrome de fin de año.

 

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Hablar de cura sería algo avanzado, puesto que aún muchas personas no lo reconocen como tal y ni siquiera pueden explicar qué es ese raro comportamiento que por estas fechas nos invade. Pero está claro que solo aquellos que puedan tomar la vida con extremada cautela podrán evitar ser abarcados.

 

Y si bien uno tiende a pensar que nadie, ni siquiera quien tiene extremo poder de control mental puede vivir la vida con demasiada cautela, estará en uno mismo ser capaz de manejar el correr y correr de esta temporada, así como también los absurdos balances que no son destinados a buen crecimiento. Está en uno mismo mantener la calma, disfrutar de las fechas venideras en familia y no permitir llegar a este mes con una pesada mochila sobre sus espaldas.

 

No se exija más de lo que puede dar y aplauda sus logros, por pequeños o grandes que resulten. Evite así el Síndrome de fin de año. No olvide que más tarde o más temprano el nuevo año llegará y todo volverá a comenzar.

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